Parece ser que en menos de un año nuestra sociedad ha pasado del optimismo genuinamente temerario al pesimismo más funesto. Desde nuestra opinión, ese optimismo tanto iba en contra del sentido común como probablemente lo va ahora este pesimismo. Y es que ambos se basan en la más famosa de las falacias: el futuro se puede predecir a partir del pasado.
Los seres humanos somos máquinas de detectar patrones, de encontrar puntos en común entre sucesos, de darle sentido al caos que nos envuelve. Nos guste o no, no entendemos el mundo que nos rodea y desde siempre hemos buscado darle sentido. Aunque a muchos les moleste admitirlo, no hay tantas diferencias entre la ciencia actual y los creadores de mitos de la antigüedad. De hecho, hay una que no se puede negar, la capacidad de generar tecnología que nos ha permitido controlar más nuestro entorno y creernos que tenemos el timón de nuestras vidas. Aunque, una sequía más o menos cíclica, una gripe especialmente virulenta, un accidente trágico o hasta esta propia crisis mundial, se encargan de recordarnos que la cantidad de variables que juegan a nuestro alrededor haciendo travesuras, todavía hace imposible saber con certeza nada.
A pesar de este punto tan especialmente inquietante, nuestras mentes se empeñan en buscar patrones que le confieran un grado aceptable de predictibilidad a nuestro entorno, aunque cada vez que pensamos que ya la hemos conseguido, la realidad golpea con fuerza nuestra cara.
Los calendarios lunares nacieron de esa necesidad, la astrología, las matemáticas, la física, la química y hasta el método científico se basan en el mismo anhelo.
Hume ya se encargó de dar suficientes argumentos para no estar ahora hablando de ello, pero esa tendencia de la especie humana para querer conducir el coche a través de mirar por el retrovisor sigue presente en nuestras vidas, cuando está absolutamente desprovista de ninguna lógica.
A pesar de eso, generalizar patrones, nos permite aprender. Gracias a esta habilidad humana (y no humana) no tenemos que reaprenderlo todo constantemente. De este modo, sabemos que el suelo no desaparecerá bajo nuestros pies al pisarlo, que las puertas tienen un mecanismo parecido de apertura, que las personas van a reaccionar de un modo más o menos concreto, etc…
Esta habilidad es muy útil siempre que no nos olvidemos que tiene un grado de incerteza variable, dependiendo precisamente del grado de factores que entren en juego. Es interesante observar como prácticamente todos los gurús reconocidos de la economia han perdido una gran cuota de credibilidad debido a su rotunda falta de predictibilidad sobre los acontecimientos que se avecinaban. De todos modos, pensar esto no deja de ser un “wishfull thinking” para no perder la fe absoluta en las personas, ya que presuponemos veracidad en sus afirmaciones. Pero siempre quedará la duda si muchos no lo sabían pero decidieron callar por razones variadas……
Sea como sea, a lo que se le llama crisis de confianza, en parte es una crisis quizás más cognitiva. De algún modo estamos volviendo aterrizar al mundo de la incerteza, donde el hombre no tiene el control ni sobre los elementos ni sobre el propio sistema que él ha creado. De hecho, no tiene el control sobre nada. Es como pensar que porque nuestra balsa que navega en medio del océano, tiene una vela y un timón esto nos confiere el poder sobre nuestro destino. Lamentablemente, si los vientos y las corrientes oceánicas no ponen de su parte, podemos acabar en cualquier lugar.
Durante miles de años, todas las civilizaciones han sido conscientes de ello, y mientras hacían todo lo que podían para darle orden al caos, veneraban y pedían a diferentes dioses (o santos) que la cantidad ingente de variables que no controlaban se alinearan para que sus proyectos salieran bien.
La tecnología convirtió al hombre en soberbio y lo convenció de que ahora se podía olvidar de las velas (las que queman) y las estampitas, pero ahora más que nunca, parece ser que las consultas a médiums, videntes y las visitas a centros espirituales se han disparado en todos los estratos sociales.
La sociedad, los humanos, volvemos a tener miedo de un mundo impredecible porque hemos perdido la práctica, el hábito de coexistir con la incertidumbre. Parece ser que tendremos que recuperar (al menos en parte) el Carpe diem que tanto criticábamos de otras culturas que (aparentemente) están menos desarrolladas pero que tienen claro que se debe aprovechar el momento actual con la máxima intensidad ya que nadie puede saber si el día de mañana vamos a estar todavía aquí.
Claro que este modo de entender la vida, colisiona frontalmente en gran parte con nuestro sistema social y económico basado en la planificación y la predictibilidad de tendencias.
En estos momentos, creemos que ya no tiene mucho más sentido que el de no infundir más pánico en la población, el hablar de escenarios con futuras recuperaciones económicas, o al contrario de escenarios mucho más oscuros La dolorosa verdad es que nadie puede saber lo que va a pasar.
Llegados a este punto, la persuasión se tiene que basar en generar escenarios de futuro en los que los persuadidos puedan confiar. Sin ese escenario futuro en la mente, los seres humanos difícilmente pueden tomar decisiones.
Así, cuanto mejores pintores de este futuro incierto seamos, más confianza vamos a tener de la gente de nuestro entorno. No se trata de mentir, ya que delante de la incerteza, todo es posible. De hecho, mentir sería hablar con certeza. El resto de opciones son legítimas y dependen de lo buenos que seamos para construirlas.
martes 10 de marzo de 2009
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